El voto del mercado

Los consumidores con su compra y abstención de comprar eligen a los empresarios en una especie de plebiscito repetido. Determinan quién debería tener y quién no cuánto debe tener cada propietario.


Como ocurre en todos los casos de elección de una persona (elección de cargos públicos, empleados, amigos o consorte), la decisión de los consumidores se basa en la experiencia y por tanto siempre se refiere al pasado. No hay experiencia del futuro. El voto del mercado eleva a quienes han servido mejor a los consumidores en el pasado inmediato. Sin embargo la elección no es inalterable y puede corregirse diariamente. El elegido que decepcione al elector se ve rápidamente rebajado en la clasificación.


Cada voto de los consumidores añade solo un poco a la esfera de acción del hombre elegido. Para llegar a los niveles superiores de los empresarios necesita un gran número de votos,
repetidos una y otra vez durante un largo periodo de tiempo, una serie larga de éxitos. Debe soportar cada día un nuevo juicio, debe someterse de nuevo a la reelección, por decirlo así.


Lo mismo para con sus herederos. Pueden mantener su situación privilegiada solo recibiendo una y otra vez confirmación por parte del público. Su cargo es revocable. Si lo retienen, no es debido a los merecimientos de su predecesor, sino a su propia capacidad de emplear el capital para la mejor satisfacción posible de los consumidores.


Los empresarios no son perfectos ni buenos en ningún sentido metafísico. Deben su posición exclusivamente al hecho de que están mejor dotados que otros para realizar las funciones que les corresponden. Obtienen beneficios no porque sean más inteligentes al realizar sus tareas, sino porque son más inteligentes o menos torpes que otros. No son infalibles y se equivocan a menudo.


Pero son menos tendentes al error y se equivocan menos que otros. Nadie tiene derecho a molestarse por los errores realizados por los empresarios en su dirección y destacar que la gente habría estado mejor provista si el empresario hubiera sido más hábil o previsor. Si el quejica sabe hacerlo mejor, ¿por qué no lo hace él mismo y aprovecha la oportunidad para obtener beneficios? Realmente es fácil ser previsor después de que ocurra. Al mirar atrás, todos los tontos se convierten en listos.


Una cadena popular de razonamiento es esta: El empresario consigue beneficios no solo debido al hecho de que otra gente tuvo menos éxito que él previendo el estado futuro del mercado. Él mismo contribuyó a la aparición del beneficio a lo producir más del artículo correspondiente, pero por una restricción intencionada
de la producción por su parte, la oferta de este producto habría sido tan amplia que el precio habría bajado a un punto en el que no habría aparecido ningún exceso de ingresos sobre costes de producción gastados.

Este razonamiento está en el fondo de las falsas doctrinas de la competencia imperfecta y monopolística. Se recurrió a él hace poco tiempo por parte de la administración estadounidense cuando culpó a las empresas del sector del acero del hecho de que la capacidad de producción de acero de Estados Unidos no fuera mayor de que era realmente.


Indudablemente los dedicados a la producción de acero no son responsables de que otra gente no entrara igualmente en este campo de producción. El reproche por parte de las autoridades habría tenido sentido si hubieran otorgado a las empresas existentes del acero el monopolio de su producción. Pero en ausencia de
dicho privilegio, la reprimenda dada a las fábricas operativas no está más justificada de lo que estaría censurar a los poetas y músicos de la nación por el hecho de que no haya más y mejores poetas y músicos. Si hay que acusar a alguien del hecho de que la
cantidad de gente que se unió a la organización de defensa voluntaria civil no sea mayor, no es a aquellos que ya se hayan unido a ella, sino solo a quienes no lo hayan hecho.

El que la producción de un producto p no sea mayor de la que realmente es, se debe al hecho de que los factores complementarios de producción requeridos para una expansión se emplearon para la producción de otros productos. Hablar de una
insuficiencia de la oferta de p es retórica vacía si no indica los diversos productos m que se produjeron en excesivas cantidades con el efecto de que su producción parece ahora, es decir, después de acontecimiento, como un desperdicio de factores escasos de producción. Podemos suponer que los empresarios que en lugar de producir cantidades adicionales de p se dedicaron a la producción de cantidades excesivas de m y consecuentemente sufrieron
pérdidas, no cometieron intencionadamente este error.


Tampoco lo productores de p restringen intencionadamente
la producción de p. Todo capital de un empresario es limitado: lo emplea para aquellos proyectos que, espera que generen el máximo beneficio al atender la demanda más urgente del público.


Un empresario a cuya disposición hay 100 unidades de capital emplea, por ejemplo, 50 unidades para la producción de p y 50 unidades para la producción de q. Si ambas líneas son rentables, es difícil culparle por no haber empleado más, por ejemplo, 75
unidades, para la producción de p.

Aumentaría la producción de p solo recortando la producción correspondiente de q. Pero con respecto a q los protestantes podrían encontrar el mismo defecto. Si uno culpa al empresario por no haber producido más p, uno debe culparle también por no haber producido más q. Esto significa:
uno culpa al empresario por el hecho de que hay escasez de facto-
res de producción y de que la tierra ni es Jauja.
Tal vez quien protesta objetará porque considera que p es un
producto esencial, mucho más importante que q y por tanto la
producción de p debería expandirse y la de q restringirse. Si este
es realmente el sentido de su crítica, no está de acuerdo con las
valoraciones de los consumidores. Se quita la máscara y muestra
sus aspiraciones dictatoriales. La producción no debería dirigirse
por los deseos del público sino por su propia discreción despótica.
Pero si la producción de q de nuestro empresario implica una
pérdida, es evidente que su defecto fue su mala previsión y no fue
intencionada.

A entrada en las filas de los empresarios en una sociedad de
mercado, no saboteada por la interferencia del gobierno u otras
agencias que recurran a la violencia, está abierta a todos. Quienes
saben cómo aprovechar cualquier oportunidad de negocio que
brote siempre encontrarán el capital requerido. Pues el mercado
está siempre lleno de capitalistas deseosos de encontrar el empleo
más prometedor para sus fondos y en busca de recién llegados in-
geniosos, en cuya compañía podrían llevar a cabo los proyectos
más remunerativos.
La gente a menudo no percibe esta característica propia del
capitalismo porque no entiende el significado y los efectos de la
escasez de capital. La tarea del empresario es seleccionar de la
multitud de proyectos tecnológicamente viables aquellos que sa-
tisfarán las necesidades más urgentes pero aún no satisfechas del
público. Estos proyectos para cuya ejecución la oferta de capital
no basta no deben llevarse a cabo. El mercado está siempre lleno
de visionarios que quieren proponer esos planes impracticables e
inoperantes. Son estos soñadores los que siempre se quejan de la
ceguera de los capitalistas que son demasiado estúpidos como pa-
ra atender sus propios intereses. Por supuesto, los inversores a
menudo se equivocan al elegir sus inversiones. Pero estos fallos
consisten precisamente en el hecho de que prefirieron un proyecto
inapropiado a otro que habría satisfecho necesidades más urgentes
del público comprador.
La gente a menudo yerra lamentablemente al estimar el tra-
bajo del genio creativo. Solo una minoría de hombres puede apre-
ciar lo suficiente como para atribuir el valor correcto a los logros
de poetas, artistas y pensadores. Puede ocurrir que la indiferencia
de sus contemporáneos haga imposible que un genio consiga los
que habría logrado si sus conciudadanos hubieran mostrado un
mejor juicio. La forma en que son seleccionados el poeta laureado
y el filósofo de moda es indudablemente cuestionable.
Pero es intolerable cuestionar la elección de libre mercado
de los empresarios. La preferencia de los consumidores por artí-
culos concretos puede estar sujeta a condena desde el punto de
vista del juicio de un filósofo. Pero los juicios de valor no siempre
necesariamente personales y subjetivos. El consumidor escoge lo

que piensa que le satisface más. No se emplaza a nadie a determi-
nar qué podría hacer más feliz o menos infeliz a otro hombre. La
popularidad de los automóviles, televisores y las medias de nylon
puede criticarse desde un punto de vista “superior”. Pero son las
cosas que pide la gente. Ponen sus votos en aquellos empresarios
que les ofrecen esta mercancía de la mejor calidad al precio más
barato.
Al elegir entre diversos partidos y programas políticos para
la organización social y económica de la comunidad, la mayoría
de la gente está desinformada y tantea en la oscuridad. Al votante
medio le falta el conocimiento para distinguir las políticas apro-
piadas para lograr los fines que pretende de las políticas inapro-
piadas. Se pierde al examinar las largas cadenas de razonamiento
apriorístico que constituyen la filosofía de un programa social
completo. En el mejor de los casos puede formarse alguna opi-
nión acerca de los efectos a corto plazo de las respectivas políti-
cas. No es capaz de entender los efectos a largo plazo. Socialistas
y comunistas a menudo afirman en principio la infalibilidad de las
decisiones de la mayoría. Sin embargo traicionan sus propias pa-
labras al criticar a las mayorías parlamentarias que rechazan sus
creencias y al negar al pueblo, bajo el sistema de partido único, la
posibilidad de elegir entre distintos partidos.
Pero al comprar un producto o abstenerse de hacerlo no hay
implícito nada más que el deseo del consumidor de la mejor satis-
facción posible de sus deseos instantáneos. El consumidor no eli-
ge (como el votante en la votación política) entre distintos medios
cuyos efectos aparecen solamente después. Elige entre cosas que
inmediatamente producen satisfacción. Su decisión es definitiva.
Un empresario obtiene beneficios sirviendo a los consumi-
dores, el pueblo, tal y como son y no como deberían ser según las
ideas de algún protestante o potencial dictador.

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